Columnas

Cuando tienes que despedirte de tu perro

Creo que uno de los procesos más dolorosos que puede experimentar una persona, es el dolor que ocasiona el duelo por perder a un ser querido y en este rubro se engloba también perder a tu mascota, ese genial amigo que por muchos, muchos años estuvo contigo de manera incondicional, siendo el único de la casa, mmmmm, espera, siendo el único ser vivo en este basto mundo que te amaba como eres, con tus defectos, con tus errores, con tus alegrías, con tus pobrezas; creo que eso es lo que hace que el vínculo que se forja con una mascota es tan fuerte que se separa del perro-humano y convierte a esas dos criaturas de diferentes especies en un solo.

Tu perro y tú, más que un compañero de aventuras o amigo fiel, se convierte en una extensión de tu alma; lo sé, suena ridículo o algunas personas podrán decir que es solo un perro. Pero quien diga eso ciertamente nunca ha experimentado el sagrado lazo que se forma con un perro, así que cuando tienes que despedirte de tu perro, eso es lo más difícil del mundo.

Una ausencia y un vacío que no se llenará con nada ni nada y cada que voltees a ver sus espacios, el lugar que ocupaba para dormir junto a ti o llegar a casa y que él no este para recibirte, de solo pensarlo va a llenar tus ojos de lágrimas y tu corazón de un inmenso dolor.

Y lo sé, es duro tener que decirle adiós a tu fiel amigo, será muy, muy duro y cada día enfrentarás ese enorme hoyo en la panza que te dejo y ese eterno nudo en la garganta que te convierte en un mar de lágrimas; pero animo que llegará el momento en el que no sea tan doloroso recordarlo y en vez de lágrimas de tristeza, llorarás de alegría por haber tenido la dicha de vivir con ese perro genial y único que tuviste el honor y la fortuna de conocer.

Yo sé lo que es decirle adiós a tu mejor amigo y no es nada bonito, pero es algo que te hace crecer, y algo de lo que debes aprender.

Porque nada en este mundo va a llenar el espacio que deje esa perrilla obstinada, que siempre que la quería acariciar me mordía en plan cascarrabias; pero nadie en este mundo me quiso como lo hizo mi perro, ese perro que no era perro, era mi amiga, y todos los días cuando me sentaba a escribir ella se dormía a mi lado, cuando llegaba 3 cuadras antes empezaba a ladrar de gusto y nunca olvidare esas tardes en las que nos sentábamos juntas a aullar o como hacía travesuras a todos los demás perros.

Y no es que quiera olvidar todos esos buenos e increíbles momentos, pero con su partida, ella se lleva algo de mi.

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